lunes, 7 de enero de 2013
Un pedacito de mí
...El padre de Rubén trabajaba en una cafetería en el centro de Barcelona, en la calle del Pintor Fortuny. Una cafetería que heredó del abuelo de Rubén y por la que, en sus buenos tiempos, los artistas más conocidos de la zona paraban para tomarse unas cervezas y charlar sobre sus cosas.
Ahora se había quedado como refugio de viejos que bebían vino peleón y tosían y esputaban allí mismo mientras miraban los calendarios de tías desnudas que su padre coleccionaba en las paredes desde hacía años. Desde Bárbara Rey en sus mejores tiempos, si es que tuvo, pasando por Victoria Abril y la acabada Pamela Anderson.
Carlos cerraba temprano. A las nueve de la noche ya tenía la cafetería cerrada pero él se quedaba dentro y bebía hasta bien entrada la madrugada. No quería llegar a casa y ver a aquella “tipeja”, como él decía, fumando y viendo mierdas en televisión.
A su vez la “tipeja”, Berta, no tenía otro modo de evadirse de la realidad que la carcomía por dentro. 49 años y pensando ya en los 50, un marido alcohólico que la maltrataba y no le hacía el amor desde que engendraron a su último retoño, dos hijos que iban a la escuela para ver a quién podían robar y seguían los caminos del padre y un tercer hijo que no se preocupaba de otra cosa nada más que de leer y aprender cosas 'inútiles' lo que para ella era una desgracia.
Así que iba de cadena en cadena, tragándose cada novela que reponían una y otra vez y aprendiendo gestos y palabras que luego usaba con Rubén o con Carlos como si fuera la mala de la novela. Esas “malas” de novelas venezolanas que sorprendentemente se levantan ya maquilladas y cuyo maquillaje aguanta una ducha o una piscina sin problemas......
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